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Dermatólogo: Uno espera una aguja y le sacan un bisturí…

Oreja

Llegué corriendo porque estaba tarde, el ascensor estaba en el 7mo piso y no se movía (me imagino alguna mujer mayor que se tomaba su tiempo en entrar), así que corrí (si caminaba, de repente la otra gente que estaba esperando el ascensor llegaba antes que yo) los 5 pisos hasta la oficina del dermatólogo (por ahí vi el ascensor bajando). Toqué el timbre, me abrieron, entré recuperando mi aliento, las enfermeras se rieron, supongo que dedujeron que había pasado, e inmediatamente, antes de poder sentarme, me llaman para entrar a la oficina del doctor, la primera puerta a la izquierda dijo la enfermera, con lo que se refería a la derecha. El doctor me pidió que me siente, y yo le pedí unas toallitas de papel que tenía ahí, para secarme el sudor y estar más presentable (me las dio :D ).

Debo decir que la idea que yo tenía de lo que iba a pasar era diferente a lo que pasó, una semana antes, había ido al consultorio para que me revisarán un bultito de la oreja, el doctor (que ya debe tener como 80 años) me dijo que probablemente era nada, pero que debería revisarlo, para esto tendrían que extraer un poco del material y analizarlo. La idea que me dieron con esto fue: voy y con una agujita me sacan un poquito de lo de adentro, se lo mandan a un patólogo o afín y me llaman para darme una pastilla que disuelva el bultito. Así que fui, a que me revise el hijo del primer doctor.

Una vez sentado empezó la especulación, nada malo probablemente, me dijeron, pero mejor lo sacamos, recomendó. Ahí vino la decisión, ¿quiero que mi oreja tenga un hueco o un bulto? Yo me iba por el hueco, mi madre que estaba por ahí tomo la iniciativa y pidió un punto medio, le preguntó al doctor si podía intentar sacarlo con una aguja primero, él aceptó amablemente. Me inyectó anestesia, segundos después ya me estaba clavando otra aguja para sacar lo que estuviera ahí, “no sale, es muy sólido” dijo, después creo que decidió agrandar el hueco, yo seguía sudando de haber corrido, y no sentía nada por la anestesia, tampoco veían nada por el ángulo. Cada vez que sentía algo de dolor le avisaba para mi nueva dosis de anestesia, se sentía cómo se expandía el líquido dentro de mi oreja, hasta que ya no sentía las agujas. Ya sin preguntarme, creo (nada es seguro cuando no ves ni sientes) que pasamos de aguja a bisturí. Una vez hecho el corte, apareció la cuchara, instrumento que tampoco vi, y sólo puedo imaginarme lo peor, con esto removió un poco y con una pequeña risa de “esto nunca lo había visto esto antes” dijo “ya sé lo que es”. Algún cuerpo extraño (que todavía no puedo describir muy bien, y que tuve, en teoría desde nacer) había sido cubierto con calcio y grasa, supongo que para proteger el resto de mi cuerpo (como detener el peligro: ¡Calcifica, calcifica y calcifica de nuevo! Luego cubre en grasa y deja reposar…). Comenzó a sacar todo lo que había, al final, luego de varias dosis de anestesia y el uso continuo de la cuchara, me mostró el resultado, orgulloso, algo de grasa y una bolita blanca. Pedí un espejo, y luego le dije un “gracias, creo…”. Me levanté, había dejado mi mancha de sudor en su cama de operaciones. Salió corriendo, su papá estaba abajo y él había tomado su sitio de estacionamiento.

Ahora tengo mi punto y parche, no me puedo bañar en el mar, pero solo por una semana… Uno espera una aguja y le sacan un bisturí…

Las presentaciones

Al empezar algún curso o taller, usualmente el moderador o encargado se toma un tiempo para las presentaciones. Suele empezar él, pero luego le toca el turno a los asistentes. ¿Quién no ha tenido que hacerlo alguna vez?

La última que tuve que hacer fue en un taller de crónicas. Dar el nombre y la razón por la que estaba ahí. Dar el nombre, el nombre. ¿Por qué estaba ahí? Me repetía desde que el primero empezó con su presentación. Algunos eran creativos y me sacaban una sonrisa. Otros, nerviosos, hacían que siguiera repitiéndome las preguntas en mi cabeza para tener algo listo. Era uno de los últimos y cuando me llegó el turno dije mi nombre, dije que me gustaba escribir y hice reír a algunos con un comentario sobre el anfitrión.

Pero, ¿qué tan importante es la presentación en lo que queda de ese curso o taller? Pues ahora que estoy a mitad del taller tengo estereotipados a cada uno de los asistentes por su presentación. Así de tajante soy. Está el periodista cansado de su monótono trabajo, la chica que idolatra al profesor y se muere por él, el homosexual que sabe bastante y le gusta enfatizar eso y el escritor frustrado que necesita de esos talleres para escribir algo, osea yo.

Otras presentaciones que he tenido que hacer han sido en el colegio. Año tras año estábamos con la misma promoción, pero aún a veces en algunos cursos nos hacían pararnos y decir quienes éramos y algo más sobre nosotros. Tonterías. El profesor lo hacía porque no quería exigirnos en la primera clase y para burlarse un rato de nuestro apellido al pronunciarlo mal o para preguntarnos si tal persona era un familiar nuestro por tener nuestro apellido.

La primera impresión es bastante importante, en especial si antes de hacerlo sabes que debes causarle una buena a la persona que vas a ver. Entrevistas de trabajo. Tu amor platónico. Los papás de tu amor no platónico. Los casos son muchos y en todos está el factor recurrente de la primera impresión. El apretón fuerte es un clásico para empezar bien un encuentro si eres hombre, como en mi caso. Si la otra persona es una mujer tienes dos opciones: el apretón o el besito. Incluso, el besito se puede dividr en besito en la mano (para los más tarados) o el besito en el cachete (más peruano de lo que creen). Es más. en esta variante hay incluso, una variante más. El choque de cachetes (que sucede el 90% de las ocaciones) y el beso propiamente dicho, en el cachete. Las mujeres no se esperan esta variante, sentir los labios de una persona desconocida en sus mejillas no era algo que esperaban cuando se levantaron ese día. Si no me creen, pruébenlo la próxima vez que saluden a una chica.

Actualizando las fotos

ESTUNSA

Bueno, acá están las verdaderas fotos de la empresa de transporte público ESTUNSA en la cual me desplazo a pesar de ciertos inconvenientes con los retrovisores ajenos y propios. Pasa por la Av. Sucre, Tdo. Tingo María y luego llega a Comas, por si acaso alguien quiere subirse alguna vez y esperar que pase algo interesante. Si se suben en la mañana recomiendo altamente sentarse en los asientos que estén más cerca al Callao… el sol duele y el sudor fastidia.

ESTUNSA= Empresa de Servicios y Transportes Unión Nacional S. A. (creo)

Pague con sencillo

Una visión rápida a todos los implementos del chofer: la calaverita veraniega, la fresita aromática, los 3 espejitos retrovisores para buscar pasajeras “agrasiadas”, el manual de las multas 2008 (indispensable), la foto de jesús (o de algún otro personaje coetano) tapada por una infestación de estampitas y rosarios, el periódico guardado abajo de un “sillón” que dice “prohibido sentarse”, creo que veo unos lentes de sol (aparte de los de la calavera)… seguro se pueden divertir encontrando las demás cosas (una linterna??). Pero lo que más me gusta es la palanca de cambios: está tan atrás que el conductor debe estirarse para jalarla (sin voltear claro) y ponerla en el cambio correspondiente. Esos micros son los que valen la pena tomar.

Una noche con La Sarita

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Sentía que me estaba quedando sordo. El parlante derecho del escenario estaba muy cerca a mí y mi oído estaba sufriendo las consecuencias. Toda la gente a mi alrededor estaba saltando y coreando las canciones que La Sarita (grupo limeño ayacuchano, como ellos mismos dijeron) estaba tocando.

El vocalista de la banda saltaba y realizaba todo tipo de gestos para satisfacer al público. Se notaba que era un tipo carismático, a pesar de su poco agraciado rostro. Vestía un polo rojo sin mangas, que no hacía sino revelar sus flacos y poco musculosos brazos.

“Guachimán”, le gritaba el público, reclamándole una conocida canción de su repertorio. Parece que los escuchó, pues se retiró un poco del escenario para buscar su gorrita marrón y su camisa crema. Fue arreglándose mientras los primeros acordes empezaban a sonar. Finalmente, tenía listo su atuendo. “Esta canción se la dedico al guachimán de la residencial” y comenzó.

Esta fue la única cancíón de la noche en la que salté y coreé como todos en el local. Era una fusión de rock con chicha que resultaba una delicia para todos nosotros. La letra era bastante inusual, empezaba con “Centinela de las noches, me dicen el guachimán, mi deber es ver los coches de un barrio residencial”.  Ya la había escuchado en vivo un par de veces y cada vez  me resultaba más entretenida. Las letras irreverentes de este grupo y la forma en la que mezclaban el rock más duro con la chicha y la música ayacuchana era lo que los diferenciaba del resto de bandas locales.

Había llegado a ese concierto de casualidad, cuando un amigo me dijo que había escuchado en la radio que La Sarita iba a tocar esa noche. Al final nos encontramos con otro y llegamos al local a eso de las once. La música era buena y estuvimos conversando hasta que se llevaron los sillones y la banda apareció.

“Y a pesar de todo, hay gente en la esquina que no valora el trabajo del guardían, y me paga lo que les parece, si hasta mis perros han tenido más suerte que yo” 

La canción terminó. El concierto todavía iba a seguir, pero nosotros ya no teníamos fuerzas para más. Decidimos subir por las escaleras y terminar aquella noche con La Sarita. Ya eran cerca de las dos de la mañana del catorce de febrero y mi oído derecho ya se había ido a dormir.

Una visita al Parque de la Exposición

Salí de mi casa a las once y tomé un colectivo en la avenida Arequipa. Era el único pasajero. Después de algunos minutos de un aburrido trayecto, le pregunté al conductor desde qué hora estaba trabajando ese día. Me dijo desde las siete y media. Fue bastante cortante, pero me aventuré a preguntarle algo más. “¿Por qué eligió esta ruta para hacer colectivo?” El chofer me contestó “Esos se toman más allá”, una respuesta que no tenía nada que ver con lo que le había preguntado. Dejé de hacerlo y esperé a que llegáramos a mi paradero.

Al llegar a la plaza 28 de Julio, me bajé del colectivo y caminé un poco hasta llegar a la entrada del Parque de la Exposición. Luego de algunos pasos, me encontré en una especie de mini zoológico. Patos, gansos, aves… había bastante gente alrededor de las pequeñas lagunas viendo los animales. Yo era uno de ellos.

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Seguí avanzando y me encontré con un comedor. Habían un montón de puestos que vendían todo tipo de comida y mesas al frente de la laguna en donde la gente se sentaba en familia. En la laguna habían algunos botes pedalones que iban y venían sin sentido alguno.

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Continué mi recorrido y me encontré con el Museo de Arte de Lima. Me animé a entrar y fui detenido por dos personas que querían mi dinero para poder entrar. Salvo los estudiantes de la Pacífico, del Británico y de un par de instituciones más, todos debían pagar seis soles y cinco, los estudiantes. Le di los cinco soles que querían y subí las escaleras. Arriba, había otro señor que me preguntó si tenía cámara. Le dije que sí. Ahora me preguntó si tenía el pase de diez soles para tomar fotos. Le dije que no. Acto seguido, agarró su walkie talkie y le dijo a alguien “va a entrar alguien con cámara sin pase, tengan cuidado”. Después de eso me dijo que no podía tomar fotos y que empiece el recorrido por la puerta de la izquierda. Inexplicablemente sentí que lo que tenía en el pantalón ya no era una cámara, sino un arma.

Pero le hice caso. No tomé fotos en el recorrido. Pero esto no fue porque le tuviese miedo a él y a sus amigos de seguridad que me vigilaban en todo momento, sino porque no había nada a qué tomarle foto. Todo era bastante aburrido y poco espectacular. Además, fue bastante corto. Es difícil pensar que el Museo de Arte de una ciudad tenga tan pocas obras de arte (solamente estaba abierto un piso que contenía un salón principal y unas tres o cuatro salas adicionales). Decepcionado y con cinco soles menos, salí del museo.

A algunos metros de distancia, se encontraba una especie de casona en la que se encontraba una banda tocando una marinera. Me acerqué a ella y encontré que estaban dando una obra teatral en el interior. Cuando me disponía a entrar, un señor me dijo “No se puede, dicen que a las once empezó y que no entra nadie después”. No importa, me dije, y regresé cerca a donde se encontraba la banda. Me senté en una banca cercana a descansar, cuando vi lo siguiente.

Sí, una señora bailando al son de la banda que metros atrás tocaba un marinera norteña. Al parecer sus familiares estaban guardando aquel recuerdo en una cámara similar a la mía. Me hicieron sonreir en ese día tan caluroso.

Ya estaba cansado y debía llegar a otro lugar cercano, así que decidí salir del parque. Ahí fue cuando me di cuenta que no sabía por donde estaba la salida. Una opción era regresar por el mismo camino por el que vine, pero era un poco largo, debían haber otras salidas. Y sí, las habían, pero estaban cerradas. Algo bastante fastidioso, ya que el sol cada vez se ponía mas fuerte. Caminando, pasé por una pista de fórmula 1 para niños.

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Después de algunos minutos, llegué a una salida, que daba a otro comedor, esta vez de comidas típicas. Juanes, anticuchos y muchas mujeres con trajes atrevidos tratando de captar comensales era lo que había en ese lugar. Pensaba comer en mi casa así que solo di una mirada al lugar y salí de ahí, esperando que el soll fuese más clemente conmigo.