El Moleskine

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Te has cansado de esperar. Empiezas a caminar por un pasadizo muy largo hasta que llegas a una esquina. Volteas. Ahora tus ojos ven algo completamente distinto: el mar. Te acercas a la orilla y mojas tus pies. Sigues avanzando, ahora el agua te llega a la cintura. Te sientes feliz y continúas. Ya no sientes el piso, pero no importa. El mar te abraza y no te quiere soltar. No llegas a ver los rayos del sol. Despiértate.

Eran las dos y diez de la madrugada cuando él se despertó. Se sentía intranquilo. Se quitó la sábana celeste de encima y se levantó. Su cuarto estaba iluminado por una tenue luz que traspasaba las cortinas. Hacía calor. No se escuchaba un sólo sonido y sabía que sus padres estaban durmiendo a pocos metros. Tomó el vaso que tenía en su mesa de noche y bebió un poco de agua. Luego de eso, se dirigió hacia su escritorio de madera y se sentó. Abrió un cajón y sacó el moleskine[1] negro. Fue hacia la página que señalaba el marcador y continuó leyendo.

2 F 04

No puedo creer que haya estado tomando notas en el parque. Había escuchado que mucha gente iba ahí a leer y a escribir, pero nunca pensé que yo también lo haría. Estuve como una hora y media, mirando a la gente y apuntando cosas en mi libreta verde. Lo que más me gustó fue esto: “Ese hombre camina mirando su reloj. Se va a chocar. Pobre hombre.”

Después de haber pasado el fin en la playa creo que esta semana en Lima me va a caer bien. Ya quedé con las chicas para ir a ver una película en Larcomar el martes y el jueves hay un tributo a Bon Jovi en el Irish Pub.

La Batichica

Terminó de leer esa página y cerró el moleskine. De vez en cuando hacía eso, se levantaba de madrugada y leía una página, como si se comiera una pastilla de chocolate. Había estado leyendo el moleskine desde hace un mes, cuando lo compró en un puesto de libros en las galerías Amazonas. Pensaba que estaba vacío, pero cuando llegó a su casa y lo hojeó detenidamente, vio que estaba escrito a partir de la mitad. Se puso a leerlo de inmediato y se dio cuenta que había sido el diario de una chica hace un par de años. Ella se hacía llamar “La Batichica” y por lo que había leído, tenía la misma edad que la que él tenía ahora, diecisiete.

Feliz por haberse comido un chocolate nocturno más, regresó a su cama y se durmió.

Cruzas la calle y avanzas por una vereda angosta. Es un día soleado. Vuelves a cruzar y llegas a un parque. Miras tu reloj. Sigues caminando mientras ves como el segundero se mueve rítmicamente sin llegar a cansarse. Sientes que eres observado. Levantas tu mirada y ves a la única persona de todo el parque, una chica sentada en una banca te analiza mientras escribe en una libreta. Vas, te sientas a su lado y le susurras al oído, “¿Eres tú mi Batichica?”


[1] Cuaderno de notas con cubiertas de un tipo de tela llamada Moleskin, posee además una banda elástica para sostener el cuaderno cerrado y un lomo que permite que el mismo sea abierto completamente.

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