Porque a ellos también les duele

 combi

Luego de un largo y sudoroso día en la planta hace-hilos, me dispuse a caminar hacia la salida. En el camino me puse a pensar en mi regreso (sí, es suficientemente grande el camino a la salida para que pase algo en ese tiempo), ya no contaba con que me recoja Alfonso de regreso de su trabajo: tendría que ir en micro. No es que yo sea de esas personas que solo toman taxi… me gusta lo barato y los micros son baratos. Voy todas las mañanas así al trabajo y a muchos otros lugares. Pero por varias razones me pasó por la cabeza que no iba a disfrutar para nada este regreso.

La primera era que debía llegar en máximo cuarenta y cinco minutos si quería llegar no tan tarde a las clases de francés (no sé porque le he perdido respeto a la puntualidad de esas clases). La segunda era que mi aparato almacenador y reproductor de música había sucumbido ese mismo día en la mañana: o se apagaba con la alarma de batería o no emanaba sonido de él. Ya no es el mismo de antes pero por las mismas razones que utilizo el micro no me compro uno nuevo, sino que exprimo los últimos rezagos de batería recargable que pueda tener antes de darme por vencido.

Resignado y con un sol que calienta más de lo que uno puede auto refrigerarse, salí y crucé la avenida Argentina, con sus camiones de Coca Cola y sus micros que van a Comas, dispuesto a chapar el primero de mis tres micros (o hasta cuatro) para llegar a mi hogar.

“Todo Sucre, Tingo María, Sucre Sucre pueeeeente”. Sonreí brevemente y subí. No sonreí por la forma escandalosa de como la mujer (mujer-cobradora era, cada vez más comunes ahora), que para esto me resultaba conocida, se descolgaba de la puerta semi-destruída del carro que ni siquiera paró para que me suba. Menos por la apariencia del carro al que me subía: no era ni cúster ni combi ni micro típico. Sonreí porque me di cuenta de que ese micro era mi comodín: esos micros que misteriosamente van por la ruta que uno quiere, doblando por muchas calles y haciendo un circuito de lo más caprichoso pero que al final te ahorra dinero y carros. Un ejemplo es el conocido marroncito que une Miraflores, San Isidro y La Molina por medio de tanto la avenida Javier Prado como la Benavides. Una vez adentro del extraño carro miré y me fui a sentarme en uno de los tantos asientos libres: era el tipo de asiento duro de ómnibus grande y no esos acolchaditos que siempre están medio caídos, propios de las cúster.

Sentado, sin música y con todavía mucho calor, esperé a ver por qué lugares extraños y fantásticos iba a pasar esta empresa de transporte (ahora último descubrí su nombre: ESTUNSA) antes de dejarme en la av. La Marina. Los lugares no fueron de lo más fantásticos, tal vez un poco extraños. Mientras escuchaba a esta mujer-cobradora gritar nombres de lugares desconocidos, pensaba en por qué si bien las mujeres llegaron a cobradoras nunca iban a llegar a conductoras, ¿será machismo o es que las mujeres realmente chocarían más? Ahí fue cuando la reconocí, hace dos días había sido mi mujer-cobradora en otro microbús de la misma empresa. Es curioso como uno se acuerda de algunas cosas y de otras no. Por ejemplo, si ayer me preguntaban si recordaba alguna vez haber visto un micro o algún transporte público chocar, yo diría que no. Y he visto cosas extrañas: puertas izquierdas de combis abrirse, puertas derechas de combis que se caen a la pista, un pequeño cachorro mascota siendo llevado en la caja de herramientas del carro ladrando, una rápida ruta alterna en un incómodo viernes en la noche por calles de San Isidro con las luces apagadas y el cobrador escondido, etc. He visto micros chocados, detenidos, volcados, siendo detenidos por la policía o fugando de ella pero nunca en el acto de chocar (y menos dentro de uno en ese momento).

Un lado de la pista cerrada, un micro avezado trató de cruzarse y mi chofer no se dejó presionar… resultado: el espejo retrovisor de mi micro con un hueco roto. El daño no era grave, pero, lo que era más importante, era culpa del otro micro. Él debía pagar los diez soles y todo quedaba saldado. Me sorprendió la capacidad de mi chofer para insultar a su colega usando tan buena fluidez, como si ya lo hubiera dicho antes (contra lo que muchos piensan, las abolladuras y golpes que se ven en los micros no son de adorno), para hacerle entender de que pague con sencillo y rápido. Como era de esperarse, al otro conductor le importó muy poco lo que mi chofer pensara sobre su mamá y sobre toda su familia y decidió seguir con su camino. Al ser abordados por mi insistente mujer-cobradora, los culpables les ofrecieron dos soles por el daño. Mi mujer-cobradora, con mucha razón, se negó y exigió aquello que era suyo. Todo este espectáculo de cobranza se realizaba en movimiento con pequeñas pausas para dialogar de cobrador a mujer-cobradora mientras se recogían pasajeros al mismo tiempo ya que los micros no podían retrasarse y debían continuar. Para esto, mis compañeros de micro y yo, veíamos extrañados a los pasajeros del otro micro. Yo tenía curiosidad por saber si los pasajeros del otro micro apoyaban a su micro tanto como nosotros apoyábamos al nuestro.

Desde mi asiento podía escuchar cómo conversaban mi mujer-cobradora y mi conductor acerca de lo injusto y conchudo que era el otro micro, se veía el rencor y la impotencia en sus caras: ¿qué podían hacer? ¿Obligarles a pagar? ¿Cómo? ¿Subirse al otro micro y descuidar su trabajo? No podían dejar el carro así nomás, sentí lástima por ellos.

Pero no por mucho tiempo: apareció de nuevo el otro micro al frente de nosotros. Mi chofer aceleró y mientras lo alcanzaba (como si silenciosamente hubieran llegado a un plan), mi mujer-cobradora recogió una pequeña escobita que, según se veía el carro, nunca había usado dentro del bus. Al preciso momento de llegar a estar uno a uno, la mujer saca por la ventana su escobita y yo pensé asustado “Seguro va a limpiarle el espejo al otro en son de protesta”. La señora de adelante mío gritó del susto cuando el espejo retrovisor del micro del costado explotaba en muchos fragmentos punzo-cortantes reflejando luz liberados en todas direcciones. Claro, ella se había subido después del primer incidente y seguro entendía nada. Nadie le explicó, no había necesidad: la justicia se había hecho.

Después de peligrosas correteadas entre los dos micros en las cuales yo temía por algo peor, logramos perderlo y tranquilos continuamos el camino como si nada. Poco antes de bajar, la mujer-cobradora-heroína seguía trabajando como si nada se hubiera roto. “¿Vas mercado magdalena?”, “Sí señora, voy justo al mercado, suba”. “¿Pero vas al mercado, mercado?” “Pero claro señora, al mercado de magdalena voy”.

3 Responses to “Porque a ellos también les duele”


  1. 1 J.A. Lulli enero 30, 2008 a las 3:07 pm

    ¡Por las barbas de Arquimides! Toda una batalla la que ha vivido usted sr. cuidado con la violencia combistiquera, que podrñia causar otra clase de estragos después. ¿Habría apoyado a la causa de su conductor?

    Tenga porsiacaso una bandera blanca..

    JAL

  2. 2 JULIA mayo 24, 2008 a las 4:52 pm

    jajjaajja yo conosco esa combi , la marroncita es mi super comodin me llvaba directo de mi casa a la alianza francesa de miraflores QUE CHVR!!!!!!


  1. 1 Actualizando las fotos « La Cornerstone Trackback en febrero 27, 2008 a las 5:04 am

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