La mujer y las combis

Hace como 4 años empecé a utilizar el transporte público. En verdad no tenía razones para no haberlo hecho antes, pero supongo que me daba flojera y además no lo necesitaba tanto como lo necesité una vez que entré a la universidad. Desde entonces y hasta hace cosa de un año (cuando me decidí a arriesgar mi vida por cuenta propia en mi carro) puedo afirmar que no he visto más de siete mujeres trabajando en una combi. Esto no me sorprendía mucho porque me imaginé, justamente creo, que en una sociedad como la nuestra, un puesto de trabajo tan “maleado” caería regularmente en manos de un hombre. Además, las veces que veía mujeres me daba la impresión de que se trataba nada menos que de la esposa del chofer (no se cómo me doy cuenta de esto, pero a veces se puede ver a la familia completa, con el hijo de copiloto) o que, además, ocupaba un lugar subordinado a este.

En fin, todo esto cambió hace unas semanas cuando, manejando para ir a trabajar a eso de las 7 am (“a quien madruga, etc”) me encuentro con una combi, del Chama por más señas, siendo conducida por una señora un poco gorda. De frente esto me puso a pensar “¿quien está de cobrador?” Después de un par de maniobras semilegales pude ponerme en la posición correcta para poder ver que el cobrador era un hombre. Un hombre de cobrador con la mujer de chofer, esto era algo nunca visto, era casi como romper un paradigma (un paradigma absurdo quizás, pero me limito a contar lo que veo). Involuntariamente me encontré compadeciendo al cobrador; no es muy bueno que te escojan para romper paradigmas y menos si te los rompe una señora gorda que bien podria ser la pasajera que metes, no sin dificultad, al fondo con tal de conservar tu “asiento de cobrador”. Por otro lado, lo que me puse a pensar, ahora si más conciente, era en el cambio que esto significaba en realidad.

Ser chofer en una combi implica más que simplemente poseer la habilidad de manejar de una manera peligrosamente cercana al suicidio mientras llevan a sus pasajeros de una manera rápida y no muy insegura. Más, también, que tener un conocimiento casi enciclopédico de las calles por las que no pasa su ruta (“por ahi no voy, pe causa”). Ser chofer significa ser la autoridad máxima a bordo de una combi con decisión sobre la vida y la muerte sobre sus pasajeros (y a veces los pasajeros y choferes de otras combis), significa ser capaz de regir, mediante salomónicas sentencias, sobre los altercados entre los pasajeros y los cobradores. Por último, significa ser capaz de bajarse de la combi y matar a cuchilladas a otro chofer porque le quitó un pasajero (esto ha pasado al menos una vez).

Ahora bien, cuando los hombres vemos a una mujer común y silvestre subir a una combi lo último que esperamos es que salga por la ventana a matar a un colega utilizando un instrumento punzcortante. Si algo, las vemos como indefensas frente a la apabullante (in)humanidad amontonada dentro de una combi. Por eso algunos les ceden sus asientos, quedando en una posición que es casi, pero no completamente, intolerable hasta el punto de mandar al diablo a la caballerosidad. Y bueno, si comparamos a la mujer promedio que viaja en una combi con el chofer promedio que conduce una podemos darnos cuenta de por qué, mientras a una le reservan un asiento, al chofer promedio sólo se le permite sentarse porque es una buena forma de no tenerlo cerca.

Cuando una mujer asume este rol, entonces, nos encontramos con algo inesperado, al menos desde el punto de vista combístico; tenemos una especie de contradicción de papeles. Por un lado tenemos a un personaje que es la representación física de una combi: de dudosa legalidad, contaminante, irrespetuoso, eternamente abollado y con un hedor peculiar. Del otro tenemos a alguien que no es nada de eso, pero tampoco es lo opuesto, simplemente que no parece pertenecer (en la mayoría de los casos, porque también hay mujeres combistas a mucha honra) a tan extraño medio de transporte. ¿El resultado? En teoría significaría una distribución de generos más equitativa en trabajos que anteriormente solo estaba ocupados por hombres. En la práctica solamente significa que la próxima vez que te pelees con el cobrador, la voz que gritará desde adelante “dale china y que se baje” será posiblemente de una mujer.

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