Una noche con La Sarita

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Sentía que me estaba quedando sordo. El parlante derecho del escenario estaba muy cerca a mí y mi oído estaba sufriendo las consecuencias. Toda la gente a mi alrededor estaba saltando y coreando las canciones que La Sarita (grupo limeño ayacuchano, como ellos mismos dijeron) estaba tocando.

El vocalista de la banda saltaba y realizaba todo tipo de gestos para satisfacer al público. Se notaba que era un tipo carismático, a pesar de su poco agraciado rostro. Vestía un polo rojo sin mangas, que no hacía sino revelar sus flacos y poco musculosos brazos.

“Guachimán”, le gritaba el público, reclamándole una conocida canción de su repertorio. Parece que los escuchó, pues se retiró un poco del escenario para buscar su gorrita marrón y su camisa crema. Fue arreglándose mientras los primeros acordes empezaban a sonar. Finalmente, tenía listo su atuendo. “Esta canción se la dedico al guachimán de la residencial” y comenzó.

Esta fue la única cancíón de la noche en la que salté y coreé como todos en el local. Era una fusión de rock con chicha que resultaba una delicia para todos nosotros. La letra era bastante inusual, empezaba con “Centinela de las noches, me dicen el guachimán, mi deber es ver los coches de un barrio residencial”.  Ya la había escuchado en vivo un par de veces y cada vez  me resultaba más entretenida. Las letras irreverentes de este grupo y la forma en la que mezclaban el rock más duro con la chicha y la música ayacuchana era lo que los diferenciaba del resto de bandas locales.

Había llegado a ese concierto de casualidad, cuando un amigo me dijo que había escuchado en la radio que La Sarita iba a tocar esa noche. Al final nos encontramos con otro y llegamos al local a eso de las once. La música era buena y estuvimos conversando hasta que se llevaron los sillones y la banda apareció.

“Y a pesar de todo, hay gente en la esquina que no valora el trabajo del guardían, y me paga lo que les parece, si hasta mis perros han tenido más suerte que yo” 

La canción terminó. El concierto todavía iba a seguir, pero nosotros ya no teníamos fuerzas para más. Decidimos subir por las escaleras y terminar aquella noche con La Sarita. Ya eran cerca de las dos de la mañana del catorce de febrero y mi oído derecho ya se había ido a dormir.

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